pedro lopez

Forma y Patrón

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shape & pattern

Publicado en Hurly Burly magazine nº 19

 

 

¿Se trata de la vieja polémica de la escisión metafísica que obligó a Kant a considerar que la actividad imaginativa era un impedimento para el conocimiento teórico?.

¿Sería posible negar una estricta separación entre lo analítico y lo sintético?, ¿entre lo a priori  y lo  a posteriori ? ¿entre lo formal y lo especulativo?.

Si tuviéramos en cuenta esta posibilidad deberíamos contemplar entonces la hipótesis de una bipolarización progresiva. Hacia un extremo, las tendencias cuya productividad está fundamentada en el sostenimiento de un esquema o patrón estructural objetivo, hacia el otro, aquellas que podrían concebirse como una especulación subjetiva y relativista y, entre ambos, toda una escala graduada de posicionamientos.

Las primeras impondrían el esquema al proceso. Resultaría inconcebible generar los cimientos de un edificio semejante, sin haber tenido en cuenta la necesidad de realizar una importante transformación en la orografía del suelo del futuro emplazamiento. Un edificio en el que las formas geométricas, las líneas y superficies representan metafóricamente una necesidad de proclamar, más o menos estrictamente, patrones estructurales sobre formas concebidas por la interacción, está obligado a situar sus pilares sobre un marco creado conceptualmente: una superficie.

En función de este argumento, las razones por las que la superficie se impone a cualquier otro soporte estructural resultan más o menos evidentes. Sobre las superficies caminan extraordinariamente otros conceptos funcionales: la regla, la rueda o la bayeta que quita el polvo. Cabría preguntarse si estos objetos son una especie de hermano menor de aquellos. Además, la superficie es la unidad conceptual de una geometría imprescindible para dicha organización.

Al servicio de una estética marcadamente funcionalista, la excavadora lleva décadas aplanando colinas y rellenando valles para lograr una homogeneización del suelo compatible con su propósito.

Desde la perspectiva formal tradicional, las distintas variables pueden ser rellenadas con distintos contenidos, pues lo esencial es el sostenimiento de la propia estructura formal. Este sistema de «rellenado» se ha impuesto, por ejemplo, en gran parte de la arquitectura, simplificando enormemente el papel del diseño pues la forma predomina y se multiplica y puede ser rellenada con cualquier subjetividad.

Según este principio, nuestra propia subjetividad debe adaptarse a la forma que se sitúa así en una esfera ontológica y específica del pensamiento independiente de toda conciencia individual ó ergonómica. Lo verdaderamente preocupante no es en sí la naturaleza del juego descrito, que en sí mismo lo es bastante, sino la desproporcionada capacidad de transformación a la que está asociado.

Podría ser buena idea desarrollar tales excesos sobre soportes con menos capacidad de condicionamiento de la que poseen el hormigón o el asfalto. A este efecto debería bastarnos con una amplia especulación teórica como la desarrollada, por ejemplo,  en la lógica proposicional.

Desgraciadamente, hemos preferido que el marco estructural de nuestras experiencias significativas descanse sobre estos esquemas conceptuales, hasta el extremo de que el escenario de las mismas está construido sobre ellos. A su vez, dichas experiencias, se vuelven redundantes y forjan su propio sistema de creencias que revalida todas las premisas concebidas a priori. Dicha actividad, proporciona verdaderos marcos “físicos” permanentes para la acción, que son como escenarios que perduran en el tiempo imponiendo, con su presencia, una determinada interacción interior.

Nuestra cultura, elaborada sobre el  modelo clásico de Parménides, no nos ha permitido, al parecer, desarrollar una experiencia suficientemente holgada de la interacción que pudiera dotarnos de un adecuado marco teórico avenido con su naturaleza trans-cultural. Nuestra relación con la realidad, que siempre ha sido, desde entonces, la del sujeto con el predicado, se ha radicalizado en este siglo del empirismo lógico científico.

Pero actuar, o ser un extremo de un patrón de interacción, equivale a proponer el otro extremo. Se ha constituido un contexto para cierta clase de respuesta, y ahora parece posible que nos hayamos convertido inevitablemente en el sumiso predicado de las estructuras  originadas durante una temporada. En cualquier caso, considerándolo desde un punto de vista interactivo, nuestra identidad y dicho entorno están abrazados por un diálogo parecido al que sostienen el huevo y la gallina. El esquema vertical, predominante de forma exagerada en algunos casos, por ejemplo, refuerza la abstracción escalar en nuestro sistema de valores de que es mejor cuanto más alto se llegue, o sencillamente más es arriba. Para algunos teóricos este concepto luego se desparrama por todo nuestro comportamiento, social, político, tecnológico o cultural, condicionándolo decisivamente.

Si esto es así, es probable que semejante reduccionismo de la forma pueda “absorberse” directamente a través de la percepción delimitando, en cierta medida, nuestras capacidades de elaboración semántica. Los tipos de conexiones que realizamos, pueden estar determinados parcialmente por los tipos de esquemas predominantes que, a su vez, colaboran a promover una cierta tendencia a la uniformidad de pensamiento y conducta característica de este final de milenio.

Como contrapeso a las hipotéticas ventajas generadas a través del sistema de redes (internet, etc.), la proliferación indiscriminada de los medios de comunicación (satélite, etc.), y el desarrollo más que insostenible energéticamente de los medios de transporte, se encuentra esta sintonización progresiva que se ha convertido en la gestualidad social y cultural que subraya, a mi juicio, la tarea emprendida por la excavadora.

Lo importante no es tanto el contenido de lo emitido, sino el grado de sintonización obtenido. A tal fin, se vuelve imprescindible que el presunto inter-actuante, así como el potencial espectador, se encuentre ya “homologado”. Necesita estarlo para conseguir su sintonización. En este sentido, su capacidad de interpretación semántica debe de ser apilable y, por tanto, lo más compatible posible con cualquier otra. Dicha capacidad necesita remodelar sus perfiles e interesarse en un proceso de allanado y rellenado virtual progresivo.

Esta conceptualización simbólica puede reforzarse notablemente en nuestros diseños teórico-prácticos habituales de recorrido, confiriendo a los mismos un marcado carácter teleológico. Cada vez más, la mayor parte de todos nuestros recorridos, incluídos nuestros propósitos conscientes, se conciben, no como respuesta a necesidades específicas planteadas por el entorno, sino como proyectos organizados y planificados formalmente.

Y así, rebotando de una experiencia formal a otra, nuestra iniciativa se inscribe necesariamente entre sus propios hábitos y estos se organizan en función de determinada redundancia (los osos pardos no suelen mascar chicle y las cantantes de ópera no suelen jugar al rugby), de modo que, poco a poco, a medida que insistimos en proceder de esta guisa, nos quedan menos posibilidades de hacerlo de otra.

Pero gran parte de nuestro aprendizaje se ha desarrollado en contacto con un universo formal y conceptual mucho más complejo que éste en el que nos desenvolvemos que es, a mi parecer en su sabiduría, como ya he señalado, excesivamente reduccionista. En nuestra primera infancia, descubrimos esporádicamente algunos elementos que parecen agruparse como estructura significativa transformando lo que parecía informe en un conjunto apropiado y armónico. Otras veces se deshacen estructuras prefijadas que se han convertido en fardos de redundante rigidez. De esta forma, cualquier determinismo previo que hubiera en la actuación se  transforma en una distraída exploración que elabora su propia gestualidad y devuelve a la horizontalidad, cualquier verticalidad provisionalmente instalada .

El ciclo natural que alimenta nuestra capacidad para la sorpresa, que es el motor de nuestra imaginación y nuestra fantasía pasa, como sugirió espléndidamente Lewis Carroll, por la capacidad para realizar conexiones aparentemente absurdas en contacto con lo imprevisto que, sin embargo, parecen obedecer a ciertas reglas desconocidas para nosotros que, no por serlo, dejan de afectarnos y condicionarnos plenamente de algún modo.

La indeterminación de este apasionante juego reclama una revisión permanente y necesaria de las reglas del mismo, como respuesta a la unidad gestáltica que, en cada momento, se vuelve significativa. Sin perseguirlo, esta actitud abre las puertas de par en par a todo aquello que quedó excluído en aras de un formalismo estructural por resultar incompatible con el propósito inicial.

Teniendo en cuenta lo dicho se podría inferir que vivir de espaldas al azar no es solo una inconveniencia, sino una temeridad. La forma resultante de la múltiple y complejísima reorganización de los diferentes fenómenos que acontecen en nuestro entorno, nosotros la  percibimos como azar. Y esto es así porque ni siquiera una superposición exhaustiva y permanente de esquemas formales, puede interpretar un fluído cuyas normas interactivas se han mostrado claramente inasequibles incluso a nuestra percepción, mucho más a nuestra lógica, a lo largo de este último siglo. Cualquier intento de formalizar en términos lógicos las conexiones entre las leyes y lo que estas describen, o entre términos científicos y estados de cosas observables, ha resultado absolutamente improductivo. Los esfuerzos más impresionantes en este sentido como los de Carl Hempel en su Aspects of Scientific Explanation,  han demostrado claramente que la teoría verificacionista del significado no ha sido capaz de vincular el significado empírico con los datos independientes observables.

El desasosiego que produce vislumbrar el umbral de cualquier territorio inexplorado a través de nuestras gafas de newtonianos reincidentes, puede ser quizás un elemento determinante en la tendencia a hacernos suponer que la mejor manera de avanzar por él, es tener previsto cualquier inconveniente, pero puede sucedernos lo mismo que le sucedió a Scott en su expedición a la Antártida. Su falta de flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias (extremas por otra parte) y su deseo de planear la expedición como un reloj, determinaron que todo el equipo muriera congelado.

Porque, en contra de lo que suele temerse a primera vista, una especulación desprovista de esquemas arquetípicos no queda necesariamente des-esquematizada, sino que vislumbra habitualmente otro tipo de esquemas revestidos de la provisionalidad que les confiere su carácter imprevisible, y que nos recuerdan las rudimentarias construcciones de refugios o cabañas primitivos en las cuales, por carecer de medios de transformación suficientes, la forma del edificio subraya la propia orografía del suelo, cede en función de una economía de recursos y se adapta a él. Sin embargo, esta actitud se distingue de aquellas por el hecho de que, en este caso, la elección es voluntaria y tiene el carácter de una renuncia consciente.

Poco a poco, uno termina por comprobar que, en tales contextos, el idioma  a emplear e incluso el objetivo perseguido tienen siempre un cierto carácter provisional intermodulante. Es decir es descubierto, consolidado, abandonado o transformado a la vez que nos transforma, a medida que se avanza,

No se trata de neutralizar el peligro trasladando recursos ortopédicos elaborados previamente, sino de desarrollar  una habilidosa capacidad para crear y disolver vínculos ocasionales. Un tipo de destreza equivalente al que encontramos en cada actuación que requiere, por nuestra parte, alguna intencionalidad. Una destreza que parte de decisiones tomadas a nivel físico, decisiones instrumentales que desarrollan determinadas capacidades y habilidades físicas que convierten en irrelevante cualquier reglamentación previa. No se trata de unas cuantas conexiones nerviosas activadas; lo que se moviliza es toda una red de estructuras gestálticas y hábitos instrumentales que dependen de esquemas interactivos de la percepción. La improvisación presupone el reconocimiento por parte del improvisador de respuestas elaboradas en base a dichas situaciones. Cuerpo y mente integrados para producir una gestualidad espontánea con diversos grados de adecuación.

Los hábitos así adquiridos no solo existen como gestalts  preintencionadas. Una vez elaborados, se incorporan significativamente a nuestros razonamientos como parte de nuestra comprensión, no ya de situaciones interactivas específicas, sino de estructuras abstractas de carácter más permanente. Son así parte de nuestra identidad, patrones a los que nos sentimos vinculados y que utilizamos continuamente para interpretar ideas y situaciones de lo más diverso.

Un estudiante de cualquier carrera, una vez que ha convertido todo su aprendizaje en un objetivo simbolizado por la obtención de un diploma de graduación traslada, inconscientemente ya, a las diversas experiencias posteriores de su vida dicho marco referencial organizado en función del hábito adquirido en miles de experiencias significativas. De esta situación se desprende que, dicho estudiante, no solamente aprendió en ese período ciertos conocimientos necesarios, sino todo un modelo existencial en base al cual organiza su identidad.

Del mismo modo un improvisador aprende a explorar el funcionamiento de su propia semántica. Este aprendizaje le enseña a considerar la experiencia al margen de su propósito como significativa, porque las conexiones establecidas y las relaciones semánticas se sienten constituídas por las instrumentalizaciones que generan sus hábitos. Y son dichos hábitos los que finalmente penetran sus redes de significado.

Una vez asimilado este aprendizaje, resulta un poco más complicado identificarse plenamente con cualquier acto intencionado o propósicional, porque todo el proceso de identificación se siente no como un fondo sobre el que destaca el propósito preconcebido sino formando parte de él.

El término improvisar evoca (potencialmente) todos estos contenidos como parte de su significado cuando se emplea en una expresión, porque forman parte de nuestra experiencia de la significación.

Poner un pie en este territorio significa ineludiblemente asumir la transformación. La orientación en el límite de este eje se define por su carácter estocástico. Esto genera un pronunciado desgaste. Cada actividad representa, en cierto modo, una nueva identidad, una nueva formación de hábitos, el descubrimiento de aspectos inimaginables de uno mismo. Uno descubre que un cierto grado de libertad puede ser agradable e incómodo en igual medida.

Quizás pueda ser inconcebible para todo aquel que, acostumbrado a diseñar sus propósitos convencido en su determinación, es incapaz de trascenderla ni por un sólo instante pero, si aprendiéramos a hacerlo, podríamos ahorranos muchos de nuestros gestos más excesivos e irreparables.

Si nos resulta imposible relacionarnos con la idea de que nos limitamos a expresar nuestras opiniones, intentaremos alcanzar un concepto objetivo y definitivo de lo idóneo que sintonice con los prejuicios culturales convertidos en principios supremos. Este capricho ha convertido nuestra historia en un desfile sucesivo de paradigmas magnificados que subrayan, a cada paso, tan solo diferentes aspectos de la misma médula, y han terminado por convertirse en herramientas al servicio de los más poderosos, desapareciendo finalmente cuando, suficientemente desgastados y explotados, deben transformarse para ceder el paso a otros sistemas de control más efectivos.

El motivo de esta exaltación parece relacionarse con un deseo profundo de pautas fijas para cotejar nuestras acciones y conseguir evitar así la aterradora indeterminación de nuestra experiencia.

Resulta un poco timorato el pánico asociado a la idea de que la ausencia de una matriz adecuada de la racionalidad pueda empujarnos a una especie de anarquía relativista, aunque algunos palidezcan ante la idea de  que, dicha ausencia, les obligue en ocasiones a demostrar una cierta inseguridad incompatible con el ejercicio del poder.

Se extiende un amplio territorio intermedio entre los extremos del relativismo y el fundamentalismo. No se trata de prescindir, sino de renovar periódicamente los marcos teóricos adquiridos haciendo hincapié más en la investigación constante que en los resultados definitivos. Dicha renovación, presupone un ajuste permanente de los ministerios de categorización de finalidades en relación con una visión actualizada en tiempo real de nuestras necesidades creativas y de las tareas que se acometen en función de las mismas.

En tanto que nuestra experiencia contenga cierta redundancia, estaremos en mejores condiciones de prever los efectos causales provocados. Esto nos garantiza que estamos "conectados" con el mundo real, pero no significará, en ningún caso, que la posibilidad de hacer tales predicciones nos acerque a un modelo definitvo, únicamente nos informará del modo a traves del cual «enfocamos» en ese instante.

Esta sensación de estar "conectado", es toda la «forma»   que necesitamos. Nuestro compromiso con ella es nuestra intencionalidad teórico-práctica interactiva. Si permitimos que esto suceda, todo aquello que está situado en el exterior de nuestras intenciones, nos hablará y proclamará su presencia y nuestra formalidad estará garantizada por la influencia recíproca ejercida.

Desde tal mirador puede verse claramente cómo los conceptos no organizan el mundo, sino que necesariamente dialogan con él. Como consecuencia, a cada paso, se descubren criaturas cuya extrema belleza desbarata nuestros prejuicios estéticos y desgarra nuestra identidad hasta hacerla jirones.

 

Pedro López

hurly burly magazine #9